Autor: Hakuchou
Fecha de publicación: 06 de diciembre de 2009
Música para este fic: Fade to black. Les agradecería mucho si pueden darle clik en "download" y bajar la canción para no gastar el ancho de banda de mi cuenta y poder seguir compartiendo la canción.
Milo limpió con el dorso de su mano las gotas de sudor que rodaban por su frente. Se sentía extremadamente exhausto, ya la ropa se le pegaba a la piel como si la ropa quisiera atarlo y no dejarlo hacer más ejercicio.
Pero Milo tenía que seguir forzando sus músculos, tenía que dar un poco más, realizar más y más repeticiones, todo con tal de sacar esa furia que se concentraba en el centro de su abdomen, más específicamente en las cavidades de su estómago.
Tomó una gran bocanada de aire y sacó con mucha lentitud el mismo de las entrañas de su cuerpo.
¿Qué otro ejercicio podía realizar? ¿Qué más podría inventar en su rutina? Ya había hecho de todo, ya había ejercitado cada área muscular, cada parte de su cuerpo, cada célula.
Siguió pensando, pero nada llegó a su cabeza.
Con un pequeño suspiro y sintiéndose lo doble de frustrado, decidió entonces volver a realizar la misma rutina de ejercicios que había empezado dos horas atrás.
*
“Estás muy extraño. ¿No dormiste bien o qué?” Aioria comentó de pronto.
Camus dejó de ver el techo y volteó a ver a Aioria. “¿Me hablaste?”
“Digo que llevas horas viendo el techo. ¿Qué pasa?” Aioria repitió. Los dos estaban en el santuario de Leo en la parte secreta del templo, Aioria sentado en el escritorio y Camus acostado en la cama, y habían estado estudiando desde mediodía. Bueno, Aioria había estado estudiando la nueva técnica que tenía que aprender y Camus se suponía iba a ser lo mismo pero, en algún momento, Aioria había notado que Camus había dejado de observar el libro y se había concentrado en el techo.
Camus entrecerró los ojos como si aún no hubiera comprendido lo que Aioria había dicho. “¿De qué hablas?”
Aioria suspiró. “Nada, olvídalo. Vamos a seguir estudiando.”
Y así, sin alguna otra palabra, Aioria regresó a su libro a seguir leyendo. Camus levantó el libro que descansaba sobre su pecho y se dispuso también a seguir estudiando, pero cómo hacerlo cuando las cosas estaban tan mal.
*
Eran casi las siete de la noche. Cada músculo dolía mientras subía las escaleras que lo conducirían a su suntuario. Lo único que tenía en mente era llegar a su cama y dormir, bloquear cualquier tipo de pensamiento, idea o teoría, y hundirse en la inconsciencia del sueño.
Toda la tarde, a pesar del ejercicio, su mente produjo ideas para solucionar las cosas, en medio de las abdominales, por ejemplo, de pronto se detenía y pensaba que podía hablar con Camus y comentar lo que había pasado y seguir adelante. Cuando se daba cuenta que había detenido el ejercicio, desechaba inmediatamente la idea de su cabeza, y se concentraba de nuevo en realizar quinientas abdominales más, como si fuera un castigo por permitir que su mente pensara en la situación.
En realidad no había sucedido nada malo: no habían peleado. Sólo había existido un gran y espeso silencio. Un silencio que fue posterior a una pregunta que les hicieron a ambos: ¿solteros?
En la mañana se habían congregado todos los caballeros en el templo de Atena para recibir unos libros con técnicas de pelea de distintas culturas y de distintas épocas que los ayudarían a desarrollar nuevos poderes de ataque o reforzar los que ya tenían. Era parecido a un programa de actualización que se llevaba a cabo al menos cada tres años en el que todos los caballeros, si así lo deseaban, tenían acceso a estos libros para leerlos y aprender.
Era una tradición que la mayoría de los caballeros asistiera a dicho evento ya que los libros a los que podían tener acceso eran la mayoría libros milenarios que la fundación de Sahori lograba conseguir. Por lo mismo, el personal de la fundación tenía mucho cuidado al prestarlos y, como rutina, los caballeros tenían que registrarse en unas bitácoras y firmar por el libro que se llevaban prestado por una semana.
Camus y Milo habían ido juntos por ciertos libros, pero el problema surgió al momento en el que el chico que llenaba el formulario con sus nombres, edades, ubicación, etc, había preguntado entonces el estado civil de ambos. Les había preguntado si eran solteros, refiriéndose si estaban en una relación o no, algo sencillo, algo de rutina, algo para rellenar un simple formulario.
Y había nacido el silencio.
Y eso había sido todo. Ese había sido el conflicto. Eso había tenido a Milo ejercitándose cinco horas sin parar: un tajante y maldito silencio. Porque ninguno respondió a la pregunta. No le contestaron nada al chico, el cual sólo los había mirado extrañamente, esperando una respuesta, pero al no recibir nada y notando a lo mejor la tensión repentina, optó por seguir con la siguiente pregunta.
Milo no entendía por qué necesitaban saber el estado civil para prestar un libro. Para qué necesitaban ese dato, qué cambiaba con eso, qué le pasaría al libro si resultaba decir que estaba casado, divorciado o viudo. No entendía y gran parte de su coraje provenía de ese hecho. Imaginó que tal vez ese mismo formulario lo usaban en la fundación para registrar a alguien que tomaba prestado algún libro, y generalmente el público en general tenía que dejar todos sus datos por si decidían darse a la fuga, pero en este caso, qué importaba. Sentía furia hacia la fundación por no hacer un formulario nuevo sólo para este evento, sentía furia hacia Sahori por hacer el evento para empezar, y más furia porque tal cosa, es decir, tener o no tener una relación tuviera que ser tan trascendental para Camus y para él.
*
“¿Listo para practicar una nueva técnica?” Aioria rompió el silencio alrededor de las seis de la tarse.
Camus dejó de mirar el libro entre sus manos y descansó sus ojos en su compañero. Le tomó un segundo decodificar lo que Aioria había dicho y entenderlo ya que sólo había escuchado sonidos entrando a sus oídos sin ningún tipo de significado. “Listo.” Fue lo único que contestó y automáticamente su cuerpo se incorporó de la cama, como si la palabra listo fuera detonante mental que accionara el movimiento de su cuerpo.
A pesar de decir listo, no tenía idea de qué nueva técnica iba a practicar, no había leído nada todo ese tiempo, absolutamente nada, ni un párrafo, y si lo había leído, no había comprendido nada.
Su cabeza estaba en otro lado.
Sólo podía pensar en lo que había sucedido en la mañana y cómo remediarlo. El asunto era que Milo y él habían llegado a una conclusión: no tendrían una relación, no por el hecho de que fuera malo o porque sus compañeros se burlaran, simplemente habían considerado que no sería el mejor camino si los dos estaban comprometidos a ser caballeros de Atena. En el futuro, habría terribles guerras, habría sangre, habría dolor en su destino, y los dos tendrían que enfocarse en un objetivo: proteger a su diosa. Ése era lo primordial. Su meta no era proteger a su compañero Escorpión o poner primero a su compañero que a su diosa. Sólo había un objetivo y era ser caballeros, en toda la extensión de la palabra.
Claro, no se podía ocultar lo obvio: los dos sentían un cariño o un amor especial entre ambos, eso lo habían hablado una vez hacía algún tiempo ya y había quedado claro que había algo extremadamente diferente a la amistad habitual que los unía. Y los dos habían acordado sobrellevar ese sentimiento, es decir, vivir con ese amor y no tratar de negarlo, dejarlo ahí, latente, pero hasta ahí. Se alimentaba sólo, no necesitaban hacer nada para sentir esa conexión, pero acordaron ese día que no sobrepasaría su objetivo: el número uno siempre sería Atena, el dos probablemente sería su cariño/amor, pero ese orden nunca cambiaría y siempre se respetaría.
No eran pareja, no eran amantes, no eran novios, no eran nada. Eran caballeros. Caballeros que se amaban. Eso era todo, era inútil tratar de ver más allá. Camus entonces no entendía por qué la simple y estúpida pregunta de ‘¿solteros?’ les provocaba una furia tan profunda.
*
Al llegar a su santuario, Milo se quedó un momento parado frente a los pilares gigantes de piedra. De pronto, ya no quería entrar al templo de escorpión. De pronto, sabía que tenía que ir a otro lado. Siguió caminando.
*
“Aioria.” Aioria volteó al llamado de Camus, quien venía detrás de él. “Practica tú. Necesito irme.”
Aioria detuvo sus pasos. “¿A dónde vas?”
Camus se quedó en silencio.
“¿Todo bien con Milo?” Aioria concluyó con un poco de preocupación.
Y es que era tan obvio, todos los caballeros dorados sabían de esta relación entre ambos y era fácil predecir cuando habían peleado o estaban mal, era tan fácil como voltear al cielo y ver que éste era azul cuando todo estaba bien y era nublado cuando vendría una tormenta.
Camus recargó su mano en los pilares del templo, como si fuera a dar una larga explicación, pero sólo pronunció, “Estamos bien, es sólo que… suceden cosas.” Y dicho esto, Camus quitó la mano del pilar y empezó a caminar hacia la salida, dejando a Aioria con un sentimiento inquietante porque era obvio que las cosas no estaban bien.
*
No fue mucha la sorpresa para Camus cuando llegó a la parte secreta de su santuario y notó que la puerta que daba entrada al lugar estaba entreabierta. Estaba esperando que así fuera, sus ojos incluso descansaron cuando vieron la puerta de tal modo, se sintió aliviado de alguna manera.
Abrió la puerta por completo y notó la obscuridad del espacio.
“¿Camus?” Vino una voz desde dentro de la obscuridad. La voz de Milo obviamente.
“Sí, soy yo. ¿Por qué no prendiste las velas?” Camus se acercó a la mesa que estaba a un lado de la pared para hacer tal acción. Tomó el pabilo de la vela en el centro de la mesa y con su dedo índice y pulgar y con un poco de energía que emanó de su mano, prendió la vela.
Volteó a la zona de la cama donde había escuchado la voz de Milo y le sorprendió verlo tan… fatigado. Su cara lucía demacrada, su cuerpo, frágil, y su cabello estaba desarreglado, opaco.
“No sé. No tengo mucha energía y supuse que no podría prenderla.” Su voz era rasposa, seca, más grave de lo normal.
“¿Estás bien?” Camus se acercó a la cama y se sentó en ésta, enfrentando el cuerpo de Milo. Quiso extender su mano y acariciar su mejilla, pero algo dentro lo contuvo. Y ahí estaba el gran dilema de su relación: contenerse.
“Creo que sí.” Milo dijo. “¿Y tú?” Su voz se suavizó al fin cuando hizo la pregunta.
Camus suspiró. “La verdad es que no lo sé.”
Milo mordió inconscientemente su labio. “Quiero pedirte algo.”
Camus parpadeó. “Dime.”
Milo lo miró intensamente. Le costaba trabajo hablar, limpió su garganta, volvió a morder su labio y finalmente dijo, “¿Puedo usar tu armadura?”
Camus tardó varios minutos en reaccionar. “¿Quieres usar mi armadura?”
Milo afirmó con la cabeza.
“¿Para qué?” No había reclamo en la voz de Camus, sólo intriga, curiosidad, desconcierto.
Milo suspiró y dijo cansado, “No soy tu pareja porque tengo que respetar el hecho de ser un caballero, pero-“ Milo se quedó callado un momento, considerando sus siguientes palabras, “Últimamente… cuando uso mi armadura, no siento nada.” Milo de nuevo se quedó en silencio, lo que acababa de revelar había sido muy intenso, algo se oprimió en su pecho al decirlo. “Quiero ponerme la tuya para ver si le encuentro de nuevo algún sentido a seguir siendo un caballero.”
*
Camus bajó la mirada y Milo notó cómo la dejó clavada en el mismo punto por un largo rato. Milo no quería decir nada, no supo qué más agregar, las palabras salieron de su boca con sinceridad, y no había llegado a esa conclusión hasta que vio que Camus entraba en la habitación. Mientras había esperado sentado en la cama a que Camus llegara, Milo no había llegado a tal sentencia en su mente. Sólo había permanecido con los ojos cerrados, sintiendo las paredes y el cuarto a su alrededor, sintiendo el coraje dentro, sintiendo que todo era demasiado complicado, sintiendo que no era justa la situación en la que estaban.
Y de pronto, Camus había entrado y encendido la vela. Y entonces su coraje, su furia, su cansancio, todo, se había desvanecido al verlo. Así, sin palabras, sin arreglar las cosas, solamente al ver a Camus, Milo sentía que el estar ahí en ese cuarto esperándolo tenía sentido. Y lo demás, ser caballero, entrenar, proteger a Atena, todo eso, era insignificante, inútil, una pérdida de tiempo.
Tuvo miedo. Miedo de sentirse así, apabullado por soltar ese lazo de lealtad hacia su diosa tan fácilmente. Por lo tanto, dijo lo primero que se le vino a la mente: tenía que encontrarle otra vez el significado a ser un caballero.
De pronto, Camus dejó de ver el piso y se levantó de la cama. Caminó hacia la esquina del cuarto, lejos de la puerta, donde había una caja de piedra. La caja con la armadura de Acuario.
*
Milo se levantó de la cama cuando Camus estaba finalmente frente a él con la caja entre los brazos. Camus suspiró y dijo suavemente, “Tómala.”
Todo el cuerpo de Milo se tensó. Sus ojos se llenaron de agua pero las lágrimas no descendieron. La luz que provenía de la única vela que Camus había prendido era muy tenue, aún así la caja de piedra parecía brillar aunque una piedra no tuviera esa propiedad en específico. No supo qué hacer, se sentía sucio con todo el ejercicio que había hecho para poder portar la armadura, de pronto se sentía no merecedor de tal honor. “No puedo hacerlo.” Dijo con voz temblorosa.
Camus miró sus ojos sin reproche y después dejó la caja en el piso para poder sacar con sus propias manos la armadura.
*
Milo apenas pudo respirar cuando Camus le colocó el pectoral de oro sobre su pecho y acomodó con delicadeza su cabello. No podía dejar de temblar, tenía los puños tan cerrados que sus palmas le dolían y el cuerpo tan tenso que tuvo miedo que su corazón dejara de funcionar.
Camus se agachó de nuevo para sacar de la caja la parte de la cintura y se incorporó para ponerla alrededor de su cuerpo. Milo buscó el rostro de Camus mientras éste acomodaba la armadura y notó que Camus tenía un semblante de concentración muy particular, estaba enfocado en lo que estaba haciendo como si nada más existiera, no había enojo en su mirada, sólo había… Milo no sabía reconocer si era ternura o deseo o ambas.
Milo se sentía hipnotizado. Casi hechizado. No se movió y dejó que Camus le siguiera poniendo la armadura.
*
Camus finalmente terminó de “armarlo”, en todos sentidos, no sólo de ponerle la armadura, sino que Milo se sintió completo, integrado, fuerte, pegado, unido.
Camus dio un paso para atrás para mirarlo de cuerpo completo.
Los ojos de Camus se llenaron de lágrimas.
*
Milo salió del hechizo al notar las lágrimas rodar por las mejillas de Camus. “Pesa menos que la mía”. Fue lo primero que pronunció, no supo de donde nació el comentario o por qué fue la primera estupidez que se le ocurrió, pero lo dijo y Camus salió también del trance en que ambos parecían estar y sonrió muy levemente, un contraste cruel en sus facciones: lágrimas acompañadas de una sonrisa. El ambiente se aligeró notablemente.
Pasaron extensos minutos. Milo limpió su garganta y miró a Camus, le dijo con un poco más de seriedad y con mucha humildad, “Es hermosa, Camus. No tengo palabras para describir lo hermosa que es tu armadura, en verdad. Ni siquiera puedo describirte lo que estoy sintiendo en este momento.” Su voz sonaba a incredulidad.
Otro gran momento de silencio, de apreciación. “Luce mejor en ti que en mí.” Camus dijo en voz baja.
Milo no pudo evitar sonreír aunque no supo si el comentario había sido dicho con gracia o en total seriedad, pero Camus mantenía también su sonrisa.
Milo al fin pudo tomar una gran bocanada de aire. Lo necesitaba urgentemente o sentía que iba a desmayarse por las vueltas que daba su cabeza. Agradeció la sonrisa que abandonó su cuerpo con el comentario de Camus. “Hasta creo verme más delgado.” Milo agregó también en voz baja, sorprendido.
Y ahora sí la sonrisa de Camus se extendió plenamente y negó con la cabeza.
Milo destensó sus puños y sacó todo el aire acumulado en sus pulmones, no pudo aguantar más y caminó los dos pasos que los separaban y abrazó a Camus, hundiendo su cabeza en el cuello de Camus.
*
Camus colocó sus manos en la cintura de Milo. Estuvieron en esa posición lo que se sentía como horas. Era extraño sentir la armadura de Acuario pegada a su piel pero no porque él la tuviera puesta sino porque, dentro del abrazo, Milo estaba recargado en él con la armadura puesta. Era una sensación no terrenal, se sentía drogado, se sentía ahogado en un ambiente de fantasía, como si fuera un sueño del que no tardaría en despertar.
Camus levantó un poco su mano derecha y la descansó en la espalda de Milo en una zona que estaba cubierta por la armadura. Necesitaba sentir el oro descansando en la piel de Milo, quería que sus dedos recorrieran una pequeña parte de la armadura para ver si algo en ella había cambiado ahora que tenía un residente nuevo dentro de sí.
“No sé qué voy a hacer.” La voz de Milo interrumpió sus pensamientos. Milo se separó un poco del abrazo para poder ver sus ojos. “Quiero darle importancia a lo que tú y yo tenemos.”
Camus regresó ambas manos a la cintura de Milo. “Es importante.” Camus le aseguró. “Sabes que no lo estamos negando, está aquí, es real… y es muy difícil que cambie.”
“Pero ser caballeros es un obstáculo, Camus. Ya no sé qué tanto me interesa seguir preparándome para cuidar a Atena cuando todo lo que me importante en este momento es esto… tú. No poder decir que eres mi pareja me destroza, no lo concibo. Necesito decirlo, necesito serlo.”
Camus bajó la mirada. Una gran parte de él sabía a qué se refería Milo con esas palabras, ellos no ocultaban lo que sentían pero aún así parecía que lo guardaban en una caja dentro de sus habitaciones para que no interfiriera con sus entrenamientos o con sus objetivos. “Lo eres, eres mi pareja.” Camus aseguró de nuevo pero no se escuchaba como una afirmación.
“No. Te tengo a mi lado, pero no estamos juntos.” Milo rectificó.
Camus volvió a mirarlo, su voz fue tajante esta vez, con tintes de reclamo. Algo dentro él se comprimió al escuchar que Milo dijo que no estaban juntos. “Y entonces, ¿qué quieres? ¿Nos vamos? ¿Dejamos todo esto atrás? ¿Entregamos las armaduras y desechamos la idea de ser caballeros para siempre?”
“¿Lo harías por mí?” Milo preguntó, retándolo.
Camus se quedó en silencio abruptamente.
Y no hubo respuesta como había sucedido esa misma mañana.
*
En menos de cinco minutos, Milo se había quitado la armadura de Acuario y había dejado las partes en la cama. Milo notó que Camus lo había estado mirando con las manos en la cintura, enojado por hacerle esa pregunta, sorprendido tal vez porque Milo había hecho la pregunta para empezar. Milo sólo sabía que tenía que salir de esa habitación y pronto. Así que al colocar la última pieza en la cama, pasó a un lado de Camus dispuesto a salir, pero Camus lo detuvo del brazo.
Milo no volteó a verlo, pero claramente escuchó las palabras de Camus, “¿Tú dejarías todo esto por mí?”
Milo zafó su brazo de la mano de Camus y salió de la habitación.
